La salud no es una moda ni un filtro de redes sociales. Es una construcción diaria, hecha de decisiones pequeñas y sostenidas en el tiempo. Sin embargo, vivimos en una época en la que la promesa de resultados inmediatos también ha llegado al terreno del peso: una inyección a la semana, varios kilos menos y una silueta más cercana al ideal social.
Esa es, en gran parte, la narrativa que rodea a medicamentos como Ozempic y otros basados en semaglutida, fármacos diseñados originalmente para tratar la diabetes tipo 2 y que hoy se han popularizado como herramientas de adelgazamiento.
Como médica, entiendo la atracción que despiertan. No se trata solo de perder peso: se trata de dejar de sufrir. De dejar de sentir la presión de la mirada ajena, la frustración de la ropa que no entra o el agotamiento de haber intentado “de todo”. En una sociedad que premia la delgadez y castiga el cuerpo que se sale de la norma, es comprensible que muchas personas se aferren a la promesa de un cambio rápido.
Y es cierto que, en determinados casos, los beneficios están demostrados. Estos medicamentos pueden ayudar a reducir el peso corporal de forma significativa y, en pacientes con obesidad y factores de riesgo, disminuir la probabilidad de eventos cardiovasculares graves.
El problema no radica en el fármaco, sino en el modo en que se está utilizando: sin matices, sin contexto y, con demasiada frecuencia, sin supervisión médica.
El doble filo de los nuevos fármacos para adelgazar
Los agonistas del receptor GLP-1, como la semaglutida, actúan sobre los mecanismos de hambre y saciedad. Pueden ser una herramienta útil dentro de un plan médico integral, especialmente en casos de obesidad con comorbilidades. Pero no son inocuos ni mágicos.
Entre los efectos secundarios más frecuentes se encuentran las náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y malestar abdominal. En combinación con otros tratamientos, pueden incrementar el riesgo de hipoglucemias y otras complicaciones.
Además, la evidencia muestra un dato relevante: muchas personas abandonan el tratamiento antes del primer año, ya sea por el coste, por los efectos adversos o por el impacto de “no tener hambre nunca”, una experiencia que puede alterar la vida social y la relación con la comida. Cuando eso ocurre, el peso tiende a recuperarse, a veces con un efecto rebote todavía más frustrante.
Existe también un riesgo menos visible: el emocional. Modificar de manera drástica la sensación de hambre puede agravar la desconexión con las señales del cuerpo, especialmente en quienes ya tienen una relación difícil con la comida. En estos casos, el fármaco puede convertirse en un arma de doble filo: si el peso vuelve, el sentimiento de culpa y fracaso se amplifica.
La cultura de la inmediatez y el cuerpo como campo de batalla
No se trata de juzgar a quien busca ayuda. Al contrario: la empatía es esencial. La mayoría de las personas que llegan a consulta no lo hacen por vanidad, sino tras años de dietas, frustración, comentarios hirientes y cansancio. Pero sí conviene detenerse a mirar el contexto.
Vivimos inmersos en una cultura de la inmediatez, que exige resultados en semanas para procesos que requieren meses o años. A eso se suma una presión estética constante y una gordofobia estructural que empujan a medicalizar la delgadez, incluso cuando no hay una indicación médica clara. Y todo ello alimentado por una idea simplista: que adelgazar es solo cuestión de fuerza de voluntad.
Cuando se combinan estas expectativas con un medicamento que promete cambios rápidos, el resultado puede ser explosivo… y peligroso si se usa sin guía profesional.
Más allá de recetar o prohibir
El papel de los profesionales de la salud no debería limitarse a recetar o a prohibir. Ni demonizar ni idealizar: ese es el punto de equilibrio necesario.
Los fármacos para adelgazar pueden tener un lugar en el tratamiento de la obesidad, pero nunca deben ser la única pieza del rompecabezas. El rol de médicos, nutricionistas y psicólogos pasa por:
- Evaluar la indicación médica real para el uso del medicamento.
- Valorar la salud global: antecedentes, tratamientos, estado mental y hábitos de vida.
- Acompañar el proceso de manera integral: alimentación, movimiento, descanso, gestión emocional y relación con el cuerpo.
- Detectar señales de alarma, como trastornos alimentarios, ansiedad o dependencia del fármaco.
En Lonvital, trabajamos con un enfoque precisamente orientado a eso. El peso es solo una parte de la historia. No se trata de “hacer dieta”, sino de comprender qué hay detrás del síntoma: patrones de conducta, emociones no resueltas, hábitos arraigados, contextos familiares y laborales. El trabajo interdisciplinar y el seguimiento cercano permiten no solo lograr resultados más sostenibles, sino también reducir el abandono y prevenir el efecto rebote.
El foco deja de estar en “bajar rápido” y pasa a estar en “construir una salud sostenible”, donde la persona recupera herramientas, autonomía y bienestar.
Una decisión que merece pausa
Si estás pensando en usar Ozempic o un medicamento similar por tu cuenta, te propongo hacer una pausa y preguntarse:
- ¿Qué espero que cambie en mi vida si pierdo peso?
- ¿Busco un atajo porque me siento desesperada o porque nunca tuve un acompañamiento real?
- ¿He recibido información completa y honesta sobre beneficios, riesgos y alternativas?
La respuesta no es un “sí” o un “no” categórico. Es un “no lo hagas sola”. No lo hagas sin una evaluación clínica, sin un plan adaptado a ti, sin un equipo que te vea más allá de la báscula.
Los fármacos pueden ser, en algunos casos, una herramienta valiosa, pero nunca deben sustituir el trabajo profundo sobre los hábitos, las emociones y la relación con el propio cuerpo.
La salud, un camino y no una meta.
Al final, la pregunta no es “¿cuánto peso puedo perder en tres meses?”, sino “qué tipo de relación quiero construir con mi cuerpo en los próximos diez años”.
La salud no se mide en velocidad, sino en constancia. Es un camino que se recorre con información, responsabilidad y acompañamiento. Si algo debe ser rápido en este proceso, que sea nuestra decisión de cuidarnos mejor, no nuestra exigencia de cambiar el cuerpo a cualquier precio.


