Con la llegada de las altas temperaturas, la tensión arterial se ve afectada. El calor tiende a bajar la tensión arterial, no a subirla: el organismo dilata los vasos sanguíneos para perder temperatura, lo que reduce la resistencia al flujo de sangre y, con ella, la presión. A esto se suma la pérdida de líquidos por el sudor, que puede acentuar el descenso. Es un mecanismo normal, pero en personas mayores, con cardiopatías o bajo ciertos tratamientos puede derivar en mareos, caídas o descompensaciones.
El calor sube o baja la tensión
La confusión es habitual porque intuitivamente el calor se asocia a un mayor esfuerzo para el cuerpo, y muchas personas dan por hecho que eso implica una tensión más alta. Ocurre justo lo contrario en la mayoría de los casos: la exposición a temperaturas elevadas favorece la bajada de tensión arterial, no su elevación.
Esto no significa que el calor sea inofensivo para quienes tienen hipertensión. Significa que el riesgo predominante en verano no es una subida brusca de tensión, sino una caída que puede pasar desapercibida hasta que aparecen los síntomas.
Por qué el calor suele bajar la tensión
El cuerpo humano regula su temperatura interna principalmente mediante dos mecanismos: la sudoración y la vasodilatación periférica, es decir, la dilatación de los vasos sanguíneos próximos a la piel. Cuando hace calor, estos vasos se ensanchan para favorecer la pérdida de calor a través de la piel.
Ese ensanchamiento reduce la resistencia vascular y, con ella, la presión arterial. A la vez, el sudor hace que el cuerpo pierda agua y sales minerales, lo que disminuye el volumen de sangre circulante y refuerza esa tendencia a la baja. La Fundación Española del Corazón señala que esta combinación (vasodilatación y deshidratación) puede llegar a producir mareos, síncopes o, en los casos más graves, un golpe de calor.
Cómo afecta el calor al sistema cardiovascular
El corazón no se limita a sufrir el calor de forma pasiva: tiene que trabajar más. Para compensar la menor presión provocada por la vasodilatación y la pérdida de volumen sanguíneo, el corazón aumenta su frecuencia y bombea con más rapidez para mantener un riego adecuado a los órganos. En una persona sana y bien hidratada, este ajuste suele pasar inadvertido. El problema aparece cuando el cuerpo no dispone de suficiente líquido: ese sobreesfuerzo del corazón se vuelve menos eficaz, aumenta la sensación de fatiga y el sistema circulatorio queda más expuesto.
Además, el calor extremo espesa la sangre a medida que el cuerpo se deshidrata, un fenómeno conocido como hemoconcentración, que favorece la formación de coágulos y los accidentes tromboembólicos. Por esta razón, las olas de calor se asocian a un aumento de la mortalidad por causas cardiovasculares y cerebrovasculares, junto con las respiratorias, según recoge la Fundación Española del Corazón. La Organización Mundial de la Salud ha situado el calor extremo entre las principales amenazas sanitarias derivadas del cambio climático, con varios cientos de miles de muertes atribuidas cada año en todo el mundo.
Quién tiene más riesgo con el calor
No todo el mundo afronta el verano con el mismo riesgo cardiovascular. Hay perfiles en los que el organismo tiene menos margen para compensar la vasodilatación y la pérdida de líquidos y en los que una bajada de tensión puede tener consecuencias más serias. A este grupo se suman quienes trabajan o hacen deporte al aire libre en las horas de más calor, las personas con enfermedades crónicas que cursan con fiebre o infecciones, que ya de por sí deshidratan, y quienes tienen sobrepeso, ya que la grasa corporal dificulta la disipación del calor y obliga al sistema circulatorio a esforzarse más.
Personas mayores y cardiopatías
Con la edad, los mecanismos de termorregulación (sudoración, dilatación de vasos, sensación de sed) pierden eficacia, lo que hace que las personas mayores tarden más en detectar que están deshidratándose. A esto se añade que quienes tienen antecedentes de cardiopatía, insuficiencia cardiaca o hipertensión ya sometida a tratamiento farmacológico cuentan con menos reserva funcional para absorber los cambios bruscos de presión. En estos grupos, una hipotensión inducida por el calor no es solo una molestia pasajera: aumenta el riesgo de caídas, lesiones y, en pacientes con insuficiencia cardiaca, puede desencadenar una descompensación.
Medicación que aumenta el riesgo
Algunos fármacos habituales en el tratamiento de la hipertensión y de otras enfermedades cardiovasculares interfieren con la capacidad del cuerpo para adaptarse al calor. Los diuréticos aumentan la eliminación de líquidos, lo que puede sumarse a las pérdidas por sudoración y acentuar la deshidratación. Los betabloqueantes reducen la frecuencia cardiaca y limitan la capacidad del corazón para acelerar el ritmo cuando el cuerpo lo necesita para compensar la vasodilatación. Otros antihipertensivos pueden potenciar el efecto de bajada de tensión propio del calor. Ninguno de estos medicamentos debe suspenderse ni ajustarse por cuenta propia: cualquier cambio en la pauta debe consultarse siempre con el médico o cardiólogo responsable del tratamiento.
Qué hacer ante una bajada de tensión
Si se detectan síntomas compatibles con hipotensión leve por calor, los primeros pasos son sencillos pero efectivos:
- Trasladarse a un lugar fresco y a la sombra, evitando el sol directo
- Tumbarse y elevar ligeramente las piernas para favorecer el retorno de sangre al corazón
- Beber agua a pequeños sorbos; si ha habido sudoración abundante, una solución de rehidratación con sales puede ayudar a reponer minerales
- Aflojar la ropa ajustada y refrescar la piel con agua tibia, evitando cambios bruscos de temperatura
- Evitar levantarse de golpe hasta que los síntomas remitan
En personas mayores o con antecedentes cardiovasculares, conviene no esperar a que los síntomas se resuelvan solos: si no mejoran en un rato razonable, o si se repiten en días sucesivos, hay que consultar con el médico.
La medicación cardiaca y de la tensión en verano
Uno de los errores más frecuentes en verano es que las personas con hipertensión o cardiopatía reduzcan o suspendan su medicación por su cuenta al notar la tensión más baja de lo habitual. Esta decisión nunca debe tomarse sin supervisión médica: aunque el calor puede modificar temporalmente las necesidades de tratamiento, es el médico quien debe valorar si procede ajustar la dosis, y no el paciente por iniciativa propia. Lo recomendable es medir la tensión con cierta regularidad durante los meses de más calor (la Fundación Española del Corazón aconseja hacerlo al menos dos veces por semana) y llevar un registro que se pueda compartir con el especialista si aparecen cambios sostenidos.
Además de la tensión, conviene tener en cuenta que el propio calor puede alterar la conservación de algunos medicamentos. Muchos fármacos cardiovasculares deben guardarse por debajo de una temperatura determinada, y las condiciones de un coche aparcado al sol o de un bolso expuesto a temperaturas elevadas pueden degradarlos. Ante cualquier duda sobre cómo conservar un tratamiento durante un viaje o una ola de calor, la referencia es el prospecto del medicamento o la consulta directa con el farmacéutico.
Cómo cuidarse durante una ola de calor
Más allá de vigilar los síntomas, hay hábitos que reducen el impacto del calor sobre el corazón y la tensión arterial. La clave está en anticiparse: hidratarse antes de sentir sed, planificar el ejercicio o los desplazamientos fuera de las horas de más calor y no esperar a notar mareo para buscar la sombra. Para quienes ya viven con hipertensión o alguna cardiopatía, sumar estas medidas al tratamiento pautado por su médico, sin sustituirlo, es lo que marca la diferencia durante una ola de calor:
- Beber agua de forma regular a lo largo del día, sin esperar a tener sed
- Evitar las horas centrales del día para hacer ejercicio o realizar esfuerzos físicos
- Optar por una alimentación ligera, con frutas y verduras de temporada ricas en agua, potasio y magnesio
- Limitar el alcohol, que favorece la deshidratación y puede acelerar el ritmo cardiaco
- Vestir ropa holgada y de colores claros, y buscar la sombra o espacios frescos siempre que sea posible
- Tomar la medicación pautada a las horas indicadas, sin modificar la dosis por iniciativa propia
Cuándo acudir al médico
Conviene pedir cita con el médico de atención primaria o el cardiólogo si las bajadas de tensión se repiten varios días seguidos, si los síntomas de mareo o fatiga interfieren con las actividades cotidianas, o si se está en tratamiento con diuréticos, betabloqueantes u otros antihipertensivos y se detectan cambios sostenidos en las cifras de tensión. Si en algún momento aparece dolor en el pecho, dificultad para respirar, confusión o pérdida de conocimiento, no se debe esperar: hay que acudir a un servicio de urgencias de inmediato.
Este contenido tiene fines informativos y no sustituye el diagnóstico, consejo o tratamiento médico profesional. Ante cualquier duda sobre síntomas, medicación o riesgo cardiovascular, consulta con tu médico o farmacéutico. Si aparecen signos de urgencia (dolor en el pecho, dificultad para respirar, confusión o pérdida de conocimiento), acude de inmediato a un servicio de urgencias.


