En el ámbito de la psiquiatría y la psicología clínica, se entiende la ambivalencia como la presencia simultánea de evaluaciones positivas y negativas hacia un mismo objeto, persona o situación. Conviven dos impulsos, emociones, actitudes o ideas. Este fenómeno no es una falla del sistema cognitivo, sino una propiedad intrínseca del modo en que nuestro cerebro procesa la realidad.
La ambivalencia es un fenómeno psicológico universal, pero adquiere relevancia psicológica cuando es intensa, persistente o desorganizada hasta el punto de interferir en la función social, laboral o en la adherencia terapéutica.
El cerebro utiliza sistemas independientes para el procesamiento apetitivo (recompensa) y el aversivo (amenaza). Esto significa que es biológicamente posible, y frecuente, que las neuronas que codifican el valor positivo de un estímulo se activen simultáneamente con aquellas que codifican su valor negativo. No es una contradicción, sino una activación biespacial.
Bases neurológicas de la ambivalencia
La experiencia de la ambivalencia tiene correlatos neuroanatómicos específicos. Cuando un individuo se enfrenta a información contradictoria, se activan áreas clave del cerebro:
- Corteza Cingulada Anterior (CCA): esta región actúa como un “monitor de conflictos“. Detecta la inconsistencia entre las dos evaluaciones concurrentes y activa una señal de alerta que percibimos como malestar o tensión psicológica.
- Ínsula: se asocia con la respuesta emocional de “displacer” que acompaña a la ambivalencia subjetiva. Es la responsable de la sensación física de incomodidad ante la falta de una postura clara.
- Corteza Prefrontal Dorsolateral (dlPFC): es la encargada del control ejecutivo. Su función es integrar la información, sopesar las variables y, finalmente, intentar resolver el conflicto para permitir la toma de decisiones.
Tipos de ambivalencia
Es crucial distinguir entre la estructura de una actitud y el sentimiento que genera.
- Ambivalencia objetiva: se refiere a la presencia de pros y contras en nuestra memoria sobre algo. Podemos tener una actitud ambivalente hacia el ejercicio físico (es saludable, pero requiere esfuerzo) sin que esto nos cause ansiedad constante.
- Ambivalencia subjetiva: es la experiencia de conflicto interno. Solo surge cuando la ambivalencia objetiva se vuelve relevante para una decisión inmediata. El cerebro entra en un estado de alta demanda energética para intentar resolver la inconsistencia, lo que puede derivar en estrés crónico si no se resuelve.
Función adaptativa y riesgos
Desde un punto de vista evolutivo, la ambivalencia cumple una función de supervivencia. Nos impide actuar de manera impulsiva ante estímulos complejos que podrían ser peligrosos. Ser capaces de ver “lo malo en lo bueno” y viceversa permite una evaluación más matizada del entorno.
Sin embargo, cuando la ambivalencia se cronifica, tiene efectos medibles en la salud:
- Activación del eje HPA: el conflicto persistente eleva los niveles de cortisol, la hormona del estrés.
- Fatiga por decisión: el cerebro consume una cantidad desproporcionada de glucosa al intentar arbitrar entre dos redes neuronales que compiten entre sí.
- Parálisis conductual: la incapacidad de actuar debido a la equitancia de las fuerzas evaluativas.
Resolución basada en la evidencia
La ciencia sugiere que la resolución de la ambivalencia no se logra “borrando” una de las partes, sino mediante la flexibilidad cognitiva. Esto implica:
- Aceptación de la complejidad: reconocer que la coexistencia de opuestos es una propiedad real de los estímulos complejos.
- Reevaluación cognitiva: utilizar la corteza prefrontal para jerarquizar los valores o metas a largo plazo por encima de los impulsos inmediatos.
- Análisis Bayesiano: el cerebro actualiza sus creencias a medida que recibe nueva información, lo que eventualmente inclina la balanza hacia una de las opciones con mayor probabilidad de beneficio.
La ambivalencia no debe entenderse como un rasgo de personalidad débil o una confusión. Es un estado de procesamiento paralelo donde el cerebro analiza múltiples dimensiones de la realidad. Comprender su funcionamiento biológico nos permite desestigmatizar la duda y gestionarla como lo que es: una sofisticada operación de nuestro sistema de control cognitivo.


